El coronavirus provocará el mayor desplome en la economía global

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El coronavirus provocará el mayor desplome en la economía global

La pandemia del coronavirus sigue extendiéndose alrededor del mundo y son pocos los países qué aún no contabilizan contagios.

Lo que comenzó como una crisis sanitaria se ha convertido en una crisis a nivel económico como consecuencia de las medidas tomadas por los gobiernos para frenar la propagación del virus.

Glosario del contenido del artículo:

Una crisis sin precedentes

En muchos países se encuentran en estado de alarma o emergencia, con sus ciudadanos confinados en sus casas y la actividad no esencial paralizada.

En España, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte de que el PIB español caerá alrededor de un 8% este año y que la tasa de desempleo también subirá, probablemente hasta el 30,8%.

La crisis del coronavirus es una crisis sin precedentes qué está provocando qué muchos países estén sufriendo importantes pérdidas.

En España se habla del mayor desplome desde la Guerra Civil.

Se trata – como decíamos- de una pandemia mundial que está teniendo efectos devastadores para la economía mundial. De hecho, a nivel global, las estimaciones de los expertos adelantan que la economía caerá alrededor de un 3% de media.

Desplome económico a nivel mundial

En 2020 el Producto Interior Bruto (PIB) español caerá alrededor de un 8% y la tasa de desempleo subirá seis puntos hasta el 20,8%. La crisis del coronavirus está provocando un importante desplome en la economía, a niveles qué no se veían desde 1939.

La previsión del FMI para España y qué ha incluido en su informe Perspectivas Económicas Mundiales este martes no es muy alentadora. De hecho, ninguna de las previsiones para los demás países afectados por el coronavirus son muy optimistas.

Desde el Fondo Monetario Internacional, junto con el Banco Mundial, anticipan un importante desplome en la economía, un derrumbe económico a nivel mundial.

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Una crisis sin precedentes qué será peor que la crisis financiera de 2008 y qué tendrá las peores consecuencias desde la Gran Depresión de 1929.

Los efectos económicos del coronavirus en la Eurozona

La pandemia del coronavirus ha provocado un desplome generalizado en la economía. En muchos países de Europa este brote vírico ha sido casi tan grave cómo en la provincia china de Hubei, donde comenzó la epidemia.

La propagación ha sido rápida y los contagios han crecido a un ritmo preocupante.

Afortunadamente las medidas de los gobiernos para contener el virus, como el confinamiento, las restricciones de movilidad y la limitación de las actividades no esenciales, están ayudando a controlar la propagación del virus.

Sin embargo, estas medidas tan estrictas tienen sus consecuencias, y están afectando duramente a la economía. Y no sólo está ocurriendo en España.

Muchos de los principales países de la Eurozona están sufriendo las consecuencias de las medidas drásticas para frenar y controlar el virus.

El desplome en la economía europea es generalizado, y el FMI calcula que el Producto Interior Bruto (PIB) se contraerá un 7,5% este año.

Sí nos centramos en los países qué suman las mayores economías del área, ya sabemos que el FMI prevé una caída del 8% del PIB español. Por otro lado tenemos Italia, que registrará una contracción mayor y llegará al 9,1%.

Después tenemos Francia con una caída del PIB de un 7,2% y Alemania con un 7%.

Las cifras hablan por sí solas, estamos ante unas cifras que no se habían visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Recordemos que hace unos tres meses el FMI estimaba un crecimiento de la economía española del 1,6% mientras que vaticinaba un crecimiento del 1,3% para el conjunto de la eurozona. La situación europea a nivel económico es grave.

Para el 2021 se anticipa una recuperación progresiva del PIB

Si hablamos del próximo año, en 2021 se prevé una recuperación progresiva del Producto Interior Bruto español, con un crecimiento alrededor del 4,3%.

Sí hablamos de la eurozona la tasa se eleva al 4,7%.

En cuanto al desempleo, la tasa estimada para el 2021 es de 17,5%.

En cuanto a las expectativas para el próximo año, está claro que existe un elevado nivel de incertidumbre. El Fondo advierte que el escenario qué apunta a que la pandemia del coronavirus podría comenzar a desaparecer para la segunda mitad del año podría empeorar.

Una crisis intensa pero ‘acotada’

Después de las previsiones del Fondo, el Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital ha resaltado que estamos ante una crisis intensa pero qué tendrá una duración ‘acotada’. Para el cuarto trimestre de 2020 se espera un repunte y para el próximo 2021 se producirá una importante recuperación.

El FMI además sitúa a España entre los países destacados por las medidas tomadas para frenar la propagación del virus y valoran ‘fuerte y rápida’ respuesta fiscal.

El gobierno español está satisfecho con su actuación y señalan que las previsiones del Fondo Monetario Internacional coinciden con la de otros organismos.

El Fondo calcula que el Gran Confinamiento provocará la mayor crisis desde la Gran Depresión

La caída del PIB global será del 3%, mucho mayor que en 2009, con casi todo el mundo en recesión

«Proteger vidas humanas y facilitar que los sistemas de salud hagan frente a la pandemia generada por el Covid-19 ha exigido aislamientos y cierres de actividad y negocios generalizados por todo el mundo para frenar la propagación del virus. Y eso ha hecho que la crisis sanitaria esté teniendo un grave impacto en la economía mundial». Así arranca el último informe de Perspectivas económicas mundiales (WEO en sus siglas en inglés) del Fondo Monetario Internacional (FMI) hecho hoy público con un título que evidencia la situación que atraviesa el planeta: El Gran confinamiento.

¿Pero cuánta riqueza se va a llevar por delante este cerrojazo en todo el mundo? El primer cálculo del FMI es que, “como resultado de la pandemia, se prevé que la economía mundial se contraiga bruscamente un -3% en 2020″, indica este informe. Esta brusca caída será la mayor que experimente el mundo desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la mayor crisis de carácter económico desde la Gran Depresión que arrancó en 1929. La intensidad de la crisis será mucho mayor que en el recorte de la economía mundial que se produjo en 2009, por la crisis financiera desatada en 2008 con la quiebra Lehman Brothers. Entonces, según el FMI, el PIB global cayó un 0,1%, aunque el Banco Mundial cifra el retroceso en el 1,7%.

Además esta caída del 3% del PIB mundial en 2020 supondrá seis puntos porcentuales menos de lo que el FMI preveía que iba a crecer la economía global este año (un 3%). Y los daños, aunque generalizados, no serán ni mucho menos homogéneos. Las economías avanzadas de Europa y Norteamérica se llevarán la peor parte con caídas de los PIB nacionales superiores al 6% en todos los casos este año. Italia liderará el desplome mundial, con un recorte de su riqueza nacional del -9,1%, seguido de España (-8%), Francia (-7,2%), Alemania (-7%), Reino Unido (-6,5%), Canada (-6,2%) y Estados Unidos (-5,9%).

Mientras, las principales economías emergentes, fundamentalmente las asiáticas, se verán menos dañadas, con una caída media del PIB de su área del -1% en 2020. De hecho, la riqueza de China e India se anotará crecimientos positivos del 1,2% y 1,9%, respectivamente en este ejercicio, según las estimaciones del FMI.

Si bien, todos estos cálculos se han elaborado sobre la hipótesis de que la pandemia se «desvanecerá» en la segunda mitad de 2020, la vuelta a la actividad se hará entonces de forma gradual y, por tanto, prevén que haya un efecto rebote que lleve a la economía mundial a crecer un 5,8% en 2021, a medida que la actividad se vaya normalizando en todo el planeta y siempre «con la ayuda de medidas políticas», reclama este organismo a los Estados.

En cualquier caso, la economista jefe del FMI, Gita Gopinath, asegura que la recuperación en 2021 será solo «parcial» porque el organismo proyecta que el nivel de actividad económica siga por debajo del esparado para el próximo ejercicio antes de la llegada del virus. Es más, ha cifrado la pérdida acumulada del PIB mundial en 2020 y 2021 en 9 billones de dólares, una cantidad mayor que la que representan las economías de Alemania y Japón juntas.

Pero dicho esto, esta mejora de las expectativas queda inmediatamente ensombrecida cuando los expertos del FMI aseguran que existe «una extrema incertidumbre en torno a estas previsiones de crecimiento», ya que las consecuencias económicas de la pandemia «dependen de factores que interáctúan de manera difícil de predecir.

Concretamente, los autores del informe se refieren a factores como la evolución de la propia pandemia, a la intensidad y la eficacia de los esfuerzos de contención, el desarrollo de curas o vacunas, el alcance de las interrupciones de la actividad, los cambios en los patrones de gasto de los ciudadanos, sus cambios de comportamiento (como evitar centros comerciales o el uso de medios de transporte colectivos), el impacto en general en la confianza y la volatilidad de los precios de los productos básicos. Y a todos esto añaden lo que denominan «las repercusiones del dramático endurecimiento de las condiciones del mercado financiero mundial».

Así advierten de que muchos países se enfrentan a crisis internas de su economía y sus sistemas sanitarios, a la caída en picado de la demanda externa, de capital, flujo de inversiones y un posible colapso en los precios de los productos básicos. Y, además, alertan del predominio de unos riesgos a que la situación empeore. Por ello, consideran que «las políticas eficaces que puedan poner en marcha los países son esenciales para evitar peores resultados» de esta crisis.

Pero todo lo dicho hasta ahora empeoraría notablemente si la crisis sanitaria no terminara en el segundo semestre de este año, como baraja el FMI en su escenario base, sino que se prolongara hasta el 2021. En ese caso, el recorte del PIB mundial se elevaría al 6% este año y podría contraerse un 8% adicional en el próximo, con respecto al citado escenario.

El otro gran perjudicado del Gran confinamiento será el comercio mundial. Los datos son demoledores: el FMI prevé que el volumen de intercambio de bienes y servicios en todo el planeta caiga un 11% este año, casi 14 puntos porcentuales menos que su previsión de crecimiento del 2,9% hecha en enero pasado, antes de la irrupción de esta crisis sanitaria.

Nuevamente, las economías avanzadas se llevarán la peor parte, con caídas de las importaciones del -11,5% y de las exportaciones de casi un 13%. Mientras que el descenso en las importaciones de las economías emergentes será del -8,2% y en el caso del las exportaciones, del 9,6%.

Este freno en seco de gran parte del comercio internacional también podría producir una distorsión en los precios que, en este caso, afectará más, según el FMI, a las economías emergentes que a las avanzadas. Así prevén una contención de la inflación del 0,5% en los países más desarrollados, mientras que los Estados emergentes podrían sufrir un incremento de los precios de consumo del 4,5%. No obstante, en la línea que venían registrando hasta este año.

Duplicar la tasa de paro

El impacto de la pandemia por Covid-19 en los mercados laborales reproducirá nuevamente los daños causados por anteriores crisis. Esto es, algunos países se verán mucho más perjudicados que otros. Aunque la tasa global de desempleo de la zona euro podría aumentar solo tres puntos, pasando del 7,6% al 10,4%, España volverá a estar entre los más sufridores, con un incremento de su tasa de paro de más de seis puntos, pasando del 14,1% de 2020 a casi un 21% este año por efecto de la crisis sanitaria. Pero habrá otros Estados, fundamentalmente los que también salieron peor parados tras 2008, como Grecia, que podría situarse a la cabeza del desempleo mundial, con una tasa de paro del 22,3%. Asimismo, el efecto del coronavirus duplicará, según el FMI, las tasas de países como Irlanda, que pasará de un 5% al 12,1%; Portugal, del 6,5% en 2020 al 12% este año; u Holanda, que pasará de un 3,4% al 6,5%.

Keynes contra el coronavirus

Las medidas económicas tomadas por la crisis del COVID-19 traen de vuelta al keynesianismo, que parecía haber perdido vigencia. Ahora es reconocida su eficacia incluso por los neoconservadores

«Hasta que no se descubre que los altos ingresos individuales no bastan para inmunizar al conjunto de la humanidad del cólera (…) la sociedad no comienza (…) a tomar medidas colectivas para proveer aquellas necesidades que ningún individuo común, aunque trabajase extraordinariamente durante toda su vida, podría satisfacer por sí solo.»

R.H. Tawney, Equality, 1952

El historiador británico Richard Henry Tawney lanzó esta idea al mundo en pleno auge de la discusión política en torno a la constitución de las bases del Estado del bienestar en las economías capitalistas. Ahora, la crisis sanitaria a escala global, y sus consecuencias económicas, han vuelto a poner sobre la mesa algunas de las cuestiones que parecían dormidas tras la aparente recuperación económica iniciada en 2020.

Los parámetros esenciales que soportan el modelo económico neoliberal sobrevivieron a la Gran Recesión de 2008, pese a que la mayor parte de sus recetas económicas habían quedado desacreditadas por las evidencias empíricas y por la propia experiencia histórica, en la que ha quedado reflejado cómo las políticas económicas neoliberales unidas a la globalización, han acelerado la desigualdad económica y el malestar social.

En su último libro (Contra los Zombis, Crítica, 2020), el Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman, argumenta en contra de las políticas económicas neoliberales. Sostiene que, superada la crisis, las principales economías mundiales han ido retornando al dogma de la sacralización del «infalible dios mercado», rechazando la intervención pública y la pertinente acción del gobierno en los desequilibrios estructurales a los que tiende el mercado de forma natural. Y aunque la evidencia histórica demuestra que la intervención estatal fue una palanca de estabilidad y crecimiento económico tras la Segunda Guerra Mundial, todavía hoy sufre el ataque de los economistas ortodoxos que aborrecen el keynesianismo «y sus cuentos de hadas».

Krugman llama en su libro ‘ideas zombis’ a una serie de pensamientos y teorías económicas que están muertas, que ya lo estaban en la década de 1930, cuando la Gran Depresión estuvo a punto de destruir la economía y la sociedad capitalista occidental, y las principales naciones industriales se enfrascaron en una guerra devastadora en todos los sentidos. Las ideas liberales sobre la bondad y eficiencia infalible de los mercados que impulsaron el cataclismo de los años treinta, siguen arrastrándose, como zombis, gracias a la generosa contribución de poderosos donantes a laboratorios de ideas, publicaciones de prestigio y medios de comunicación de masas que modulan la opinión pública.

Nace el Estado del bienestar

Recordemos ahora las palabras del presidente Roosevelt durante su segundo discurso de investidura, en 1937:

«El interés propio, egoísta, suponía una mala moral; ahora sabemos que también era una mala economía».

El keynesianismo orientó el desarrollo institucional de la mayor parte de los países capitalistas tras la Segunda Guerra Mundial. Como compensación por el esfuerzo durante la guerra, así como una prevención y vacuna política frente al comunismo presente en el corazón de Europa y Extremo Oriente, se multiplicaron las estrategias fiscales redistributivas, engordando las filas de una creciente clase media patrimonial y, además, reforzando todo tipo de políticas públicas que consolidaron el que quizá sea uno de los mayores éxitos sociales del siglo XX: la creación y desarrollo del Estado del bienestar.

El Estado del bienestar se elevó sobre las bases de una fuerte fiscalidad progresiva, con topes marginales para las rentas más altas, el 10% de la población, cercanos al 90% en países como Reino Unido o Estados Unidos durante cuatro décadas. A ellos se agregaron impuestos elevados sobre las mayores herencias, donaciones y otras transmisiones patrimoniales.

La fiscalidad progresiva, el control sobre los mercados de capital, las mayores transferencias de rentas sociales y un mayor equilibrio en las relaciones laborales no genera ningún tipo de impacto negativo en la generación de ritmos de crecimiento económico sostenidos. Con el Estado de bienestar también crecía la productividad del trabajo, mientras que las desigualdades sociales se reducían (los casos de Suecia y Alemania son especialmente interesantes). Este modelo de sociedad se fundamentó en las políticas keynesianas, en lo que se conoce como el «contrato social de posguerra».

A modo de recordatorio: John Maynard Keynes no era ningún socialista. Todo lo contrario. Sin embargo, era consciente de los desmanes que había provocado la ausencia de regulación y, de forma más específica, la inconsistencia de las políticas públicas para contrarrestar las crisis económicas y las recesiones.

Tampoco eran bolcheviques las élites económicas de la época, que preferían una alta tributación a la expropiación absoluta que podía llegar de la mano de una revolución comunista, como había sucedido en la década de 1920. Además, la receta ortodoxa no ponía freno a coyunturas críticas extraordinarias, como quedó demostrado durante la Gran Depresión.

La teoría económica planteada por Keynes a raíz de la Gran Depresión de los años treinta, hacía necesaria la intervención del Estado en la economía. La clave estaba en las políticas de estímulo desde el lado de la demanda, inyectando toda la liquidez que fuese necesaria para revertir los ciclos depresivos. Esto podía hacerse, bien mediante el empleo de la política fiscal, o mediante el recurso de la emisión estratégica de deuda pública. El objetivo era la reactivación económica y el descenso del galopante desempleo.

Keynes falleció en 1946 y no pudo ver la puesta en práctica de su teoría, pero gracias a ella, durante casi cuatro décadas apenas se produjeron recesiones de relevancia en la economía occidental. Sería la inflación lo que enterrase al keynesianismo (o eso creían muchos hasta hace unas semanas).

El crecimiento descontrolado de la inflación, tras los shocks petroleros de la década de 1970, fue aprovechado por algunos intelectuales y economistas para teorizar sobre la incapacidad del modelo keynesiano para revertir la situación.

Al estancamiento económico y la inflación (estanflación), se añadió el crecimiento exponencial del desempleo, conformando un cóctel explosivo que, además, puso contra las cuerdas a los Estados desde el punto de vista del déficit público.

Algunos observadores pensaban que, si el Estado seguía inyectando dinero en la economía, la inflación provocaría una catástrofe similar a la de Alemania en la década de 1920. Se aludía además al hecho de que la inflación descontrolada destruía el valor de la riqueza monetaria, ¡especialmente la de aquellos que tenían mucha riqueza acumulada!

El déficit público era otra bestia negra a batir, dada su presumible influencia en la elevación en el coste del endeudamiento privado, generando en consecuencia unas mayores dificultades para la financiación empresarial.

«Hay que liberar al toro»

La solución que encontraron algunos monetaristas como Milton Friedman se centraba en el abandono progresivo de la teoría keynesiana. Para contener la inflación, nada mejor que una buena dosis de disciplina fiscal por parte de los Estados y, por supuesto, una subida radical de los tipos de interés, reduciendo la oferta monetaria disponible y el despilfarro irresponsable por parte de bancos y gobiernos. A ello se añadía una rebaja generalizada de impuestos a las rentas más altas, para que esos recursos se «invirtiesen» en la economía real, con la eficiencia que el Estado era incapaz de ejercer. En palabras del presidente Ronald Reagan, era necesario «liberar al toro».

Efectivamente, en Estados Unidos se detuvo el proceso inflacionista a comienzos de la década de 1980, generando así una recesión intensa que luego se transformó en crecimiento económico. Pero el milagro anti-inflacionista se había llevado por delante a buena parte de la industria estadounidense, a sus trabajadores y, cómo no, a los sindicatos. La competitividad se convirtió en el nuevo dogma de la ortodoxia, impulsando la deslocalización industrial y la destrucción del sector secundario, amparado en la progresiva liberalización de los mercados de capitales.

Así dio comienzo un proceso que llevaría a un cambio en las estructuras económicas a nivel internacional. Al keynesianismo se le enterró por ‘incapaz’, y volvieron a retomarse las políticas de reducción de la intervención estatal en el ciclo económico. El «Consenso de Washington» insistió en la necesidad de liberalizar la economía y avanzar en la desregulación en todos los campos en los que fuese posible, para optimizar los recursos disponibles. En ese momento, la economía socialista estaba desmoronándose, y acabó por colapsar a comienzos de la década de 1990. Algunos intelectuales anunciaron el fin de la historia, en irónica referencia a la filosofía marxista.

2008, el regreso de la ‘mala economía’

Con la Gran Recesión de 2008, y tras varios avisos previos a comienzos de la década de los 2000, el modelo económico liberal volvió a colapsar. Aquella «mala economía» a la que aludía el presidente Roosevelt en 1937 había vuelto a hacer de las suyas. Los mercados financieros globalizados provocaron una crisis de dimensiones extraordinarias, con efectos de arrastre dramáticos en términos de destrucción de puestos de trabajo y extensión de la desigualdad y la pobreza.

Durante esa coyuntura, pareció por un momento que el capitalismo liberal iba a experimentar un proceso de transformación, merced a las inyecciones milmillonarias de los Estados para salvaguardar a las instituciones financieras y evitar el derrumbe total.

Pero, pese a todo lo vivido hace apenas una década, la disciplina de la ortodoxia económica dominante ha seguido orientando las políticas públicas, especialmente en lo relativo a la fiscalidad y la redistribución de las rentas.

Cuando Barack Obama y Nicolas Sarkozy se reunieron para refundar el capitalismo, a muchos, todo aquello nos pareció una buena idea. Al menos se reconocían los errores cometidos en las últimas décadas, y se pretendía volver a la senda de la consistencia racional. Nada que ver con la realidad. Tras la recuperación, cuando volvió a subir la marea del crecimiento económico, los botes no subieron a la misma vez, como defendían los liberales más recalcitrantes. Las teorías de la filtración económica se han demostrado equivocadas en cuanto a la distribución progresiva del crecimiento económico sin intervención estatal.

Autores especializados en el estudio de la desigualdad como Thomas Piketty y Emmanuel Sáez han demostrado de forma empírica cómo la distribución del crecimiento acumulado desde 1980 ha beneficiado especialmente a las élites económicas, es decir, al 1% (e incluso al 0,1%) de las mayores rentas a nivel mundial. Élites que financian campañas políticas y potencian la generación de estados de opinión –incluso académicos– favorables a este tipo de políticas económicas, generadoras de desigualdad.

Las evidencias científicas y los análisis de instituciones internacionales (p.ej. OCDE) señalan que la desigualdad económica tras la Gran Recesión se ha elevado sustancialmente a nivel internacional, mientras que se siguen poniendo trabas a los incrementos en la presión fiscal sobre las rentas más altas (incluyendo los siempre controvertidos impuestos sobre donaciones y transmisiones patrimoniales que, en general, afectan especialmente a los mayores patrimonios).

Resulta evidente además que la ausencia de coordinación internacional y la competencia fiscal entre Estados –e incluso entre comunidades autónomas o regiones– dificulta cualquier iniciativa particular a escala estatal.

2020, ¿vuelve el keynesianismo?

Y entonces, a principios de este año, comenzaron a llegar de China, el país más poblado del mundo, noticias preocupantes sobre la propagación de un virus hasta entonces desconocido.

Desde ese momento, la infección se ha ido extendiendo de forma rápida y sostenida, en la medida en que la globalización no solo ha integrado los mercados financieros, si no que nos coloca en cuestión de horas en la otra punta del mundo.

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud estableció que el brote de COVID-19 había adquirido la condición de pandemia. Las cifras de fallecidos en países como Italia o España alcanzan cotas trágicamente altas, y los contagios se multiplican por todos los países del mundo, amenazando con el colapso de los servicios sanitarios públicos. El impacto social de la crisis en países con peores redes sanitarias públicas puede ser catastrófico. El shock económico y social en los próximos meses se antoja dantesco.

Frente a esta situación extraordinaria, la intervención de los gobiernos y la inyección masiva de liquidez en la economía emergen como la única receta posible.

En este caso, el consenso es generalizado entre todos los economistas y representantes institucionales, por muy liberales ortodoxos que sean. Se reconoce de forma indisimulada que las políticas de tipo keynesiano serán necesarias para revertir la situación económica, pero no se atreven a dar un paso más, a asumir que las teorías económicas zombis que se han aplicado desde los años ochenta han generado inestabilidad, desigualdad y una tendencia cada vez más frecuente a la aparición de ciclos económicos contractivos, incluso si la crisis actual no se corresponde con elementos tradicionales vinculados al ciclo económico.

Esta coyuntura es crítica y merece la aplicación de medidas extraordinarias, adquiriendo incluso la categoría de «economía de guerra». Se plantean medidas como la reestatalización de industrias estratégicas o la intervención de centros sanitarios privados, a los que, por otra parte, en los últimos años se han derivado transferencias en detrimento del sistema sanitario público. Muchos criterios que sustentaban ideológicamente el funcionamiento infalible de los mercados y la sociedad propietarista, vuelven a ponerse en duda a la hora de atajar una crisis estructural de envergadura.

De nuevo, el neoliberalismo puede haberse quedado sin argumentos teóricos para revertir la situación crítica que se aproxima. Así como la inflación descontrolada y el déficit público de la década de 1970 golpeó al keynesianismo, el COVID-19 puede golpear las teorías económicas zombis, especialmente en lo que se refiere a reconocer que, para asegurar el bienestar de las mayorías, es esencial la intervención del sector público.

Si al keynesianismo lo suprimió intelectualmente la inflación, el movimiento neoliberal podría sufrir la misma suerte a causa de este virus. O no.

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