El default de Grecia y el futuro del euro

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Grecia, España y el futuro del euro

La crisis griega no acaba de solucionarse por las enfrentadas posiciones de Alemania y el BCE, y la Comisión Europea y el FMI como testigos de la disputa. En este debate, nada de lo que se discute es menor, pues la solución para Grecia apunta al corazón de la reforma de la Unión que debería aprobarse a finales de junio.

La posición alemana se basa en una narrativa de la crisis que sitúa la falta de productividad, los excesos del crédito, precios y salarios y el déficit exterior de los países periféricos como la causa de sus males. Y como buenos luteranos, los que se han comportado mal deben pagar por sus pecados.

Ello quiere decir que el sector privado, que tan alegremente financió aquellos excesos, debe correr con parte de los costes. Y que, como prerrequisito para la concesión de un nuevo crédito a Grecia, los deudores privados deben aceptar un alargamiento de los plazos de amortización de hasta siete años.

El BCE se opone a cualquier reestructuración de la deuda, voluntaria o no, que implique un cierto default, por suave que sea. Y ello, por dos motivos. Primero, porque ha acumulado deuda pública griega por valor de 50.000/60.000 millones de euros, a los que hay que sumar otros 80.000/90.000 millones en colateral de la banca griega para obtener la liquidez sin la cual no podría funcionar. Por tanto, el BCE tiene intereses en defender la deuda griega para evitar pérdidas en su capital.

Además, el BCE considera que ni el Gobierno alemán ni la Comisión comprenden las implicaciones de una reestructuración de la deuda griega. De producirse esta, los problemas no quedarían, en su opinión, circunscritos a Grecia, de forma que podría producirse un nuevo desastre financiero similar al posterior al colapso de Lehman Brothers.

Finalmente, la Comisión apoya la posición alemana, al tiempo que el FMI ha estado presionando para que se garanticen nuevos créditos a Grecia, amenazando con no hacer efectivo el tramo de 12.000 millones de dólares que le correspondía abonar ahora por el plan acordado en mayo de 2020.

En los últimos días parecía que se estaba consiguiendo un cierto consenso alrededor de un nuevo crédito, de unos 60.000 millones de euros, que permitiría evitar el retorno de Grecia a los mercados en 2020, apoyado en un nuevo plan de ajuste (con privatizaciones incluidas) y una reestructuración voluntaria de la deuda griega, en forma de ampliación de plazos, tal y como se hizo en 2008 con la de los países del este de Europa. Lastimosamente, este acuerdo parece alejarse tras la rotunda oposición del BCE y la defensa alemana de un alargamiento de plazos de siete años.

Esta profunda discrepancia refleja, además del problema griego, las diferencias sobre la reforma de los tratados de la Unión y el diseño del Fondo permanente de Estabilidad. Para después de 2020, Alemania exige, primero, que un país pueda suspender pagos; segundo, que en esta situación pueda ser rescatado; tercero, que la deuda de ese país en manos del Fondo de Estabilidad sea sénior respecto de aquella en manos privadas, y cuarto, que en el supuesto de suspensión de pagos, el sector privado corra con parte de la quita que pueda implicar.

¿Cómo terminará la disputa? Cómo siempre, Alemania se llevará el gato al agua, quizás cediendo en la prelación de la deuda en manos del Fondo. Por ello, nos estamos acercando a una nueva fase en la solución de la crisis de la deuda soberana que, indirectamente, puede tener efectos indeseables sobre España. En especial en el contexto de rebajas, o amenazas de reducción, de los ratings de países como Italia y Bélgica, en el euro, o Gran Bretaña y los EE UU, fuera de él. Grecia no puede devolver íntegramente la deuda contraída.

Y parece que Irlanda y, probablemente, Portugal tampoco. Un default de estos países, por suave que sea, nos situará de nuevo en el ojo del huracán. Quizás no inmediatamente, aunque ello también es posible. Pero, en todo caso, no mucho más lejos de 2020 o 2020. Por ello, conviene no desfallecer en las reformas. Vienen tiempos turbulentos.

Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada (UAB)

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El futuro del euro y la economía argentina

Cuando en enero de 1999 Brasil devaluó el real, se produjo una crisis de magnitud en la economía argentina. Ese año se entró en recesión luego de haber superado la crisis del sudeste asiático (1997) y la del default ruso (1998), recordando que la crisis del tequila (1995) también tuvo su impacto sobre la economía doméstica.

Si bien todavía no hay mucha certidumbre sobre lo que puede ocurrir con el euro (en rigor tengo en preparación un paper sobre el futuro del dólar y del euro) el punto a considerar es cómo podría impactar en la economía argentina una eventual desaparición de euro.

Basta con ver rápidamente la evolución de las tasas de interés tanto en EE.UU. como en la UE desde 2001 en adelante para advertir que la crisis del 2009 tuvo su origen en la distorsión de una variable clave de la economía como es la tasa de interés. Fueron la Reserva Federal en EE.UU. y el Banco Central de la UE los que incubaron la crisis.

Esa manipulación en la tasa de interés generó una ineficiente asignación de recursos (parte es la burbuja inmobiliaria). Una vez que los bancos centrales distorsionan las tasas de interés y se produce la ineficiente asignación de recursos el costo de corregir esas distorsiones pasa a ser inevitable. El tema es quién asume el costo.

Ahora bien, ¿por qué causa podría desaparecer el euro? Entre otros motivos porque los contribuyentes alemanes se cansen de financiar los desequilibrios de las economías de Grecia, Irlanda y, eventualmente, España, que es el gran interrogante en el corto plazo. Las deudas de Grecia e Irlanda son mondas en comparación con el caso español.

La crisis en Europa tiene dos causas: a) desequilibrios fiscales y fuerte endeudamiento público que nadie controló (Grecia) o problemas de endeudamiento porque los gobiernos asumieron los activos basura de los bancos y este rescate se tradujo en problemas fiscales (caso Irlanda).

Lo cierto es que, salvo Alemania, Europa es un tembladeral, que además tiene el problema de un Estado de Bienestar que ya no pueden financiar. Frente al problema fiscal hay dos opciones: a) corrigen el problema bajando el gasto en términos nominales o b) devalúan para licuar el gasto y la deuda (caso argentino 2001/2002).

Todo parece indicar que a los gobiernos europeos les está resultando bastante complicado asumir el costo político de bajar el gasto en términos nominales. La opción que tienen es hacer una especie de default de la deuda, o estirar sus plazos o bien hacer una mezcla de ambas cosas. La otra opción es, como decía antes, devaluar. Pero la pregunta es; ¿devaluar qué? La respuesta es o devalúan el euro y generan un proceso inflacionario en toda la UE, o la mayoría de sus países o todos salen del euro, vuelven a sus monedas originales y financian el gasto con inflación, que no es otra casa que devaluar sus monedas.

De ocurrir este escenario de abandono del euro y devaluaciones generalizadas, la pregunta es: ¿cómo podría impactar en la economía argentina un escenario de esas características?

Por definición esas devaluaciones generarían una caída del ingreso real de los españoles, italianos, franceses, etc. En vez de bajarles el sueldo en términos nominales se los bajarían en términos reales (al estilo argentino). Además, tendrían que entregar más pesetas, liras, francos, etc. por cada dólar que quisieran comprar. Es decir, a los europeos les resultaría más difícil importar bines. Lo mismo que pasó en Argentina cuando se devaluó en 2002 y hubo un efecto sustitución de importaciones, algo que ya está agotado.

¿Nos afectaría a nosotros? Actualmente, el 16% de las exportaciones argentinas tiene como destino la UE. En primer lugar está el Mercosur, fundamentalmente Brasil, donde va el 25% de las exportaciones argentinas, luego el sudeste asiático, China, India y Japón que absorben el 19% de las exportaciones Argentinas y en tercer lugar la UE con el 16% mencionado. Esto significa que podría haber un impacto no menor sobre la economía argentina si en Europa desapareciera el euro y cada país intentará solucionar sus problemas fiscales y de endeudamiento vía devaluaciones.

Recordemos que además de la soja y del real barato, parte del viento de cola que beneficio a la economía argentina desde 2003 fue la caída del dólar frente al euro. Los europeos entregaron cada vez menos euros por cada dólar que tuvieron que comprar y eso les permitió incrementar sus importaciones, entre ellas las provenientes de Argentina.

Mi impresión es que así como no es indiferente para la economía argentina lo que ocurra con el real en Brasil o con el precio de la soja, tampoco debería resultarnos indiferente el futuro del euro, porque dado el flujo comercial entre Argentina y la UE, una devaluación generalizada en la UE podría tener un efecto similar, aunque no exactamente igual, al que en 1999 tuvo sobre la economía argentina la devaluación brasileña.

Europa aguarda las consecuencias del «no» en el referendo griego

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Lo que pasó este domingo en Europa no estaba en los planes originales de ninguno de los cerebros de la integración europea.

Cuando hace cerca de tres lustros se embarcaron en el proyecto del euro, la teoría era de una sociedad permanente, sin condiciones, entre las naciones del continente que se habían inscrito a la más ambiciosa unión monetaria europea en varios siglos.

La moneda común retrataba como pocas cosas, la idea de una «unión cada vez más fuerte» entre las naciones europeas, consagrada como principio en las declaraciones políticas del continente.

En cambio, este domingo, al rechazar contundentemente las condiciones que sus acreedores noreuropeos les imponían para refinanciar su deuda, los griegos parecen haber tomado un paso más en un camino que puede terminar muy pronto en su retirada de la Eurozona.

Y en el proceso, una de las naciones más pequeñas de la periferia del continente ha sembrado dudas en torno a lo que será el futuro del euro, e incluso, de la Unión Europea.

Seis meses vertiginosos

Nadie sabe en qué terminará esta confrontación entre Grecia y sus acreedores.

Se dice que los bancos griegos están a días de quedarse sin dinero y colapsar, advierte el editor económico de la BBC, Robert Peston.

No son pocos los que advierten de la inminencia de una calamidad económica todavía mayor para Grecia en los próximos meses si tiene que salir desordenadamente de la moneda europea como resultado de las acciones de su gobierno.

Otros dicen que sacudirse del peso de la deuda es el primer paso a la redención económica del país.

Pero lo que pocos dudan es que el equilibrio político europeo ha cambiado en estos seis meses por cuenta de Grecia.

La victoria electoral de la coalición Syriza del primer ministro Alexis Tsipras en enero pasado puso al mando a uno de los movimientos más heterodoxos que haya llegado al poder en un país europeo después de la Segunda Guerra Mundial.

Yannis Varoufakis, quien hace un año era un profesor más bien desconocido en una universidad de Texas, es ahora, como ministro de Finanzas griego, una de las figuras más visibles de un movimiento que se ha enfrentado a la ortodoxia imperante en las instituciones económicas europeas.

La estrategia del dominó

Ya no es impensable que un país miembro de la Eurozona considere salirse de ella. Y si escoge retirarse de la moneda común, muchos advierten que podría tener que apartarse de la Unión Europea.

Lo que a su vez, podría ser el factor desencadenador de movimientos parecidos en Portugal o incluso España, mucho más cerca al corazón económico de Europa.

«En mis años como editor político entre 2005 y 2009, hubo mucho debate sobre el futuro de la UE, pero nunca tomé seriamente la idea de que un día podría dejar de existir. Hoy ya no suena tan descabellado», aseguraba hace unos días Mark Mardell, de la BBC.

Lo cierto es que Grecia parece estar contemplando un futuro económico en donde podría tomar distancia de la creación suprema de la integración continental, el euro.

Mientras que al mismo tiempo, los países acreedores europeos, con Alemania a la cabeza, parecen estar inclinándose a concluir que la solidaridad que pudieran sentir hacia los griegos no es suficiente para ofrecerles más alivio económico.

La idea de una Europa unida parece estar debilitándose.

Las reverberaciones del colapso en Grecia, un país con 11 millones de habitantes que constituyen apenas el 2% de la población total de la Unión Europea, tienen un impacto sobre las instituciones de ese continente.

No más austeridad

Con 100% de los votos contados, el 61% de los electores en Grecia votaron por el «No» en el referendo.

El gobierno le había pedido a sus ciudadanos que expresaran su rechazo a las exigencias de la «Troika» del Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, que pedían más ajuste fiscal para la extensión de un programa de ayuda financiera.

Grecia insiste en que la austeridad los ha empobrecido y asegura que la única salida para retomar el crecimiento es un alivio de la deuda pendiente de US$360.000 millones.

Grecia oficialmente dice que quiere seguir en la Eurozona, pero con unas condiciones de alivio de deuda que le permitan respirar y retomar el crecimiento.

Un resultado electoral como el de este domingo le da poder para asegurar en la mesa de negociaciones que el país está firmemente detrás de su posición de confrontación con los acreedores.

Lo que el mundo espera con ansiedad en las próximas horas es cómo reaccionarán los que están del otro lado de la mesa.

En los días anteriores al referendo, los acreedores, y especialmente Alemania, dieron a entender que un voto por el No podría acelerar la salida de Grecia de la Eurozona.

¿Hacia el default?

Lo cierto es que Grecia debe hacer varios pagos a sus acreedores en lo que queda de julio, y parece difícil que consiga hacerlo sin una inyección sustancial de ayuda financiera de las entidades europeas.

Si Alemania mantiene su posición dura y bloquea nuevos auxilios monetarios, Grecia parece estar encaminada a declarar un gigantesco default de su deuda en las próximas semanas.

Muchos advierten que la consecuencia inevitable será un traumático regreso a la antigua moneda nacional griega, el dracma.

Pero, ¿y si los demás europeos flaquean primero en este pulso de voluntades entre deudores y acreedores?

Eso parecían inferir algunos con las declaraciones del canciller italiano Paulo Gentiloni, quien tuiteó diciendo que «ahora es el momento para empezar a buscar de nuevo un acuerdo».

Sobre todo, falta ver qué posición tomará Alemania, el principal acreedor.

El vicecanciller alemán Sigmar Gabriel ha dicho que «es difícil imaginar» nuevas negociaciones con Grecia.

Pero también es cierto, que hace seis meses habría tomado mucha imaginación anticipar que las cosas en Europa llegarían al punto que han alcanzado este domingo.

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